Estos dos tipos que se han burlado ya de la muerte sin renunciar a creer en la vida, que tratan de entender lo que ocurre dejándose arrastrar por ciertas metáforas, que se beben los años y los días, que todavía triunfan porque temen al fracaso, que miran alrededor y se ríen, que comen, aman, pero no rezan, escriben todavía canciones para mantenerse en un estado de salud mental razonable.
Joan Manuel Serrat bien puede ser el hermano mayor. Joaquín Sabina representa de mil amores el papel de díscolo en esta familia que se fundó hace cinco años en escena con una gira mundial que les llevó a 72 escenarios además de un disco con DVD en directo plagado de éxitos conjuntos entonados a dúo y que vendió más de medio millón de copias.
Pero les quedó tan buen sabor de boca, tan buena onda, que decidieron seguir. Aunque con una condición: para no hacer lo mismo. Para parir algo nuevo y digno de su estela. De ahí que ahora presenten La orquesta del Titanic, un disco escrito a la par o, como dicen ellos, "a la manera de Lennon y McCartney".
¿Quién es Lennon y quién McCartney? No tienen asignados los papeles. Además, en su caso, sobran las comparaciones. Resultan de mal gusto para quien ha creado títulos que han dado lugar a dichos del habla común, cuando tres generaciones de públicos "intergeneracionales, interclasistas, heterogéneos e intercambiables", como los define Sabina, los han bendecido ya como mito y leyenda.